Poemas

 

Mallarmé, los dados y el fuego

Igitur niño lee poemas de los antepasados. Un viento abre la ventana y
desparrama las hojas, esas hojas escritas en la penumbra, entre velas, con
pluma de ganso. Las hojas, mariposas, vuelan y atraviesan los cristales, se
pierden en el llano. Igitur tiene miedo, Igitur teme extraviarse sin la lengua de
su tribu. Se asoma al lago, el movimiento de las aguas desdibuja su rostro,
sólo ramas se reflejan. La sombra y la memoria danzan entre los árboles.
Igitur se sacude y se recupera, Igitur comienza su balbuceo. De pronto se
afirma y grazna, águila en el desierto

             El universo está ahí
                                                   está ahí
                                                                   para ser expresado

¿Cómo expresarlo?, se pregunta el niño. Enciende un leño, luego otro y otros,
la fogata canta, el niño arroja la sintaxis, llamas la devoran. El silencio y las
cenizas. El niño se recuesta en las cenizas. La hora se avecina, la visión
aparece en el espejo, dejo tejo.
 
El silencio se enreda entre nenúfares
                                                                            el misterio se precipita al tejido

(Las cortinas se bambolean entre telas de araña)

Pluma solitaria perdida dice Igitur. ¿Tienes la llave?. ¿Acaso el cofre está
cerrado?. La pluma es un caballo perdiéndose entre los árboles del bosque,
galopando entre hojas para descubrir nuevos caminos. Las hojas crujen y su
sonido se mezcla con el croar de las ranas. Imágenes huérfanas. Un fuego
avivándose entre desiertos y abismos de nieve. Moradas de imágenes con
llaves de fuego, irrisorias para marcar al mudo, cintilan, sombrean las últimas
escamas

Una insinuación                                    simple
     al silencio                                         enroscado con ironía
                                                                             o
                                                                         el misterio
                                                                                     precipitado
                                                                                                         aullado                  

 

Y la palabra, la palabra
en las aguas de su inutilidad

Camina Igitur, camina. Busca una pausa, diseña el silencio, arma el escenario
con tu poema. La divinidad no existe, tú lo sabes Igitur, tú sabes que superando
al azar te conviertes en mago. Y el mago crea poemas, detrás de una sombra,
detrás de otra. El tiempo no existe, el tiempo existe en tu mente. Mientras tanto,
deambulas por detrás de la tribu y esperas el momento en que puedas atrapar
al destino en un puño, el azar. Azahar Sahara Zahora. Los desiertos aparecen
dónde no deben. Y tú ahí, encandilando respuestas.

¿Por qué me han engendrado?
                                                            ¿Es esa la locura?

Buscaré, buscaré respuestas, grita Igitur.

Se sienta frente a la tribu. Coge los dados, bate con fuerza, los arroja sobre la
arena. Realiza con maestría el golpe. Son justo, las doce de la noche. El doce,
número de la elección, las doce puertas, las doce piedras, los doce frutos,
las doce estrellas.
El azar se avecina.

El doce, el número del colgado. En el tarot que rota en el aro del toro, oro, coro.
(La palabra se desmorona).

Todo pensamiento lanza un Golpe de Dados

 

 

Citas de Stéphane Mallarmé

(volver)

 

 

Inicio / Libros / Poemas / Artículos Literarios / Entrevistas / Traducciones / Actividades / Escritos Online / Biografía / Contacto